UNA CARTA y LA LEGALIZACIÓN DEL P. C.
En los últimos años de la vida pública española se ha puesto en cuestión por parte de algunos, repúblicos y no, el proceso histórico conocido como la Transición política. Gracias a él se produjo, en unas condiciones muy complejas, el paso de una larga dictadura al actual régimen democrático, asegurado por una constitución que, con sus deficiencias, ha permitido un evidente progreso de la nación al tiempo que la alternancia pacífica en el poder de fuerzas políticas de distinto ideario.
Se celebra ahora el 50º aniversario del nombramiento de don Adolfo Suárez como presidente del gobierno, sucedido el 3 de julio de 1976, y de la presentación de su primer gobierno (5 de julio de 1976) – el despectiva y falazmente llamado “gobierno de PNNs -, acogido con general suspicacia por “los hunos y los hotros”.
Como suele ocurrir con las efemérides, parece éste un buen momento para volver la vista a aquellos años trascendentales.
En medio del actual enconamiento de la vida política española – peligroso, imprudente y desmemoriado – considero muy pertinente recordar el clima general de reconciliación, generosidad y responsabilidad que reinó en aquellos años de la Transición en los que, por cierto, un grupo de asturianos ilustres tuvieron un papel muy relevante, como en otros momentos críticos de nuestra larga historia.
En este breve artículo se pretende traer a la memoria un hecho si se quiere anecdótico, aunque que no exento de interés, de los muchos que se sucedieron en aquellos años agitados y apasionantes de nuestra historia. Su lectura pretende evocar el espíritu de aquel tiempo, cuando en medio de enormes trabas se buscó mirar todos juntos al futuro olvidando viejos errores y rencores.
Me refiero a una carta enviada en un momento preliminar del proceso que terminaría en menos de un año con la legalización del Partido Comunista en aquel famoso sábado santo del año 1977.
El emisario de esta carta fue Teodulfo Lagunero, simpatizante del Partido Comunista y muy amigo de Santiago Carrillo desde finales de los años 60 (en su coche pasó Carrillo, con la famosa peluca, la frontera para entrar clandestinamente en España, el 7 de febrero de 1976); su receptor fue mi tío, el gijonés Aurelio Menéndez Menéndez, ministro de Educación y Ciencia del primer gobierno de Adolfo Suárez y gran amigo de Lagunero.
Como acabo de mencionar, la reacción general, cuando se supo quién era el nuevo presidente y la composición de su primer gobierno, fue de sorpresa y decepción. Así lo recoge Lagunero en sus memorias (Memorias. Umbriel ed., Barcelona, 2009, p. 577)
Cuando se nombra primer ministro a Suárez, para los comunistas fue un jarro de agua fría, pues se pasaba de Arias [Navarro] a un primer ministro que había sido ministro del Movimiento.
Pero continúa:
Sin embargo, al comprobar que Aurelio Menéndez había aceptado el ministerio de Educación, le aseguré a Carrillo que para mí ese hecho era una garantía de que el nuevo gobierno tenía verdaderas intenciones democráticas […] Para mí era evidente que si Aurelio había aceptado ese cargo era porque estaba convencido de que la intención del nuevo presidente era conducir el proceso político de España hacia una verdadera democracia.
Aurelio Menéndez y Teodulfo Lagunero se habían conocido durante unas oposiciones a cátedras de Derecho mercantil de Escuela de
Comercio en 1954, trabando una sincera amistad.Con la confianza que da esa larga amistad, apenas 10 días después del nombramiento del nuevo gobierno, Lagunero se decide a escribir una carta a su amigo el ministro el día 13 de julio de 1976, donde, con palabras del propio Lagunero, “recogía el único camino que podía seguirse para ello (la consecución de una verdadera democracia), que además coincidía con las exigencias del Partido Comunista”. Por el tono y contenido de esta carta, muy significativos del ambiente político de ese momento me ha parecido importante hacer aquí su glosa y someterla al juicio de los lectores hodiernos.
De la carta habla Teodulfo en sus memorias y, si bien no fue transcrita en ese libro, aparece íntegra en los documentos gráficos que se incluyen. El original fue conservado por Aurelio Menéndez en su archivo.
Empieza la carta Teodulfo Lagunero reconociendo la grata sorpresa que le supuso ver a Aurelio en la lista de ministros “del que esperamos que sea el último gobierno no elegido por el pueblo” (augurio que se reveló verdadero poco tiempo después).
Pasa a continuación a hacer el elogio de las virtudes de su amigo: “conforta saber que en momentos tan trascendentales para la historia de nuestro país personas de tu ecuanimidad y buen criterio han de contar poderosamente en cuantas decisiones se tomen por el alto Consejo del que ahora formas parte”.
Tras admitir que nunca le podría dar consejos, le hace, sin embargo, el siguiente ruego:
¿me permites que como un español más, que en este caso, sólo se diferencia de los otros en que es tu amigo y puedo escribirte, no como Ministro, sino simplemente como amigo, te haga unas consideraciones sobre el momento político de nuestra querida España?
Y, a partir de ese momento, “con la misma sinceridad y cordialidad con que he hablado de éstos temas contigo cuantas veces nos hemos encontrado”, Lagunero expone una serie de consideraciones, llenas de visión política, pero arduas de llevar a cabo en aquella España que intentaba, en medio de enormes incertidumbres y tensiones, una transición pacífica hacia un nuevo sistema democrático. Llama la atención cómo figuran ya en la carta algunas de las líneas maestras del proceso.
Lo primero que afirma sigue siendo, todavía hoy, emocionante: La reconciliación de los españoles es la primera necesidad básica para que se puedan intentar resolver los graves problemas… La amnistía es el primer paso para esta reconciliación.
En el siguiente párrafo asevera, lleno de convicción:
No se puede pedir a los partidos políticos que aprueben el ordenamiento constitucional por la sencilla razón de que a éste hay que derogarlo y hacer una constitución democrática, la cual sólo puede hacerse por unas cortes constituyentes elegidas libremente por el pueblo.
El resto de la misiva trata de la necesidad de legalizar al Partido Comunista, si se quiere hablar de verdad de democracia. Lo contrario sería “privar a un equis tanto por ciento de españoles de sus derechos políticos” y “continuar con una forma de dictadura…”. Y añade: “los comunistas, con todos sus dogmatismos pasados, y estoy seguro que ya superados, tienen en su haber – al menos, tanto como otras fuerzas políticas-, 40 años de lucha a favor de la democracia y la libertad”. De paso niega que en esos momentos nadie pueda afirmar con un mínimo de seriedad que el Partido Comunista esté al servicio de ninguna potencia extranjera ni acepte ninguna disciplina internacional (éste era uno de los argumentos que se esgrimían para justificar su no legalización).
Lagunero agrega alguna consideración más sobre el sufrimiento de los comunistas en su lucha contra la dictadura y se termina la misiva con dos párrafos que, a pesar de su longitud, no me resisto a reproducir:
Quién puede sostener con cualquier clase de argumentos que si de verdad queremos ir a una democracia, la democracia no nace con una carta otorgada sino con un periodo constituyente, de unas Cortes elegidas por la voluntad popular, previo al restablecimiento de todas las libertades democráticas, sin las cuales las elecciones o el referéndum será una pura farsa. Seamos realistas. Si de verdad se quieren resolver los problemas, los gravísimos problemas del país, enfrentémonos a todos y cada uno de ellos con crudo realismo, después de un sereno análisis objetivo de la situación. El período constituyente, como la amnistía, como el reconocimiento del Partido Comunista, como la igualdad ante la ley sin tolerancia ni bulas para nadie, como la prohibición de la tortura, etcétera., son premisas que imponen la realidad – además de la justicia -.
Querido Aurelio: tú sabes mi amistad personal con muchos miembros de la oposición, incluso mi entrañable amistad con Santiago Carrillo. Por esa amistad y porque no pertenezco formalmente al Partido Comunista, me ofrezco incondicionalmente a poner a tu disposición, a poner a disposición del gobierno, mi persona y mis medios para poder servir de puente en cualquier tipo de conversación o negociación que pudiera llevar. Yo personalmente creo que es necesario el diálogo la negociación, y en lo que modestamente pueda me ofrezca colaborar incondicionalmente.
Hasta aquí, la carta. Tras su lectura, Aurelio Menéndez recibió en la sede del ministerio a su amigo el 25 de agosto de 1976. En su libro de memorias, Lagunero apenas da detalles sobre lo tratado en esta entrevista. Lo que sigue lo relató Aurelio Menéndez en una ponencia leída en un pleno de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, celebrado en marzo de 2010, titulada “Algunas omisiones en los abundantes estudio publicados sobre la Transición política”.
Allí se explica el encuentro porque parece claro que Santiago Carrillo no conocía a nadie, aparte de Teodulfo Lagunero, que pudiera tener acceso a un ministro del gobierno.
El objeto de la entrevista fue la petición de que el gobierno expidiera el pasaporte español para Carrillo, pero Lagunero planteó, además, dos cuestiones muy distintas: una, atinente a un tema universitario de actualidad; la otra, la exigencia de la legalización inmediata del Partido Comunista. La respuesta, en medio de cierta tensión siempre amistosa, fue la siguiente:
«Creo, Teodulfo, que tengo un conocimiento suficiente de la realidad política de nuestro país para decirte lo siguiente: antes o después será legalizado el Partido Comunista, algo en lo que estamos de acuerdo más de un ministro, pero tengo que añadirte, frente a vuestras pretensiones, que en este momento es muy prematuro; y no me ofrece duda que podéis estirar la cuerda un poco, otro poco si ese es vuestro parecer, pero si se rompe la cuerda, perdéis».
Sigue contando Aurelio Menéndez que refirió el contenido de esta entrevista al presidente Adolfo Suárez y que se habló de la posibilidad de organizar un encuentro entre Carrillo, él mismo y Sebastián Martín Retortillo, su subsecretario, en Panticosa, donde Retortillo tenía su residencia de descanso. Sin embargo, y con buen criterio, Suárez pensó que “el futuro de tamaña cuestión no podía confiarse a un miembro del gobierno”.
Al parecer, esa misma tarde, Teodulfo Lagunero visitó a José Mario Armero, abogado conocido suyo, para exponerle también la necesidad de la legalización. De esta entrevista tuvo noticia el vicepresidente del gobierno Alfonso Osorio, amigo de Armero, y fue por este conducto por el que se inició un delicado y arriesgado camino que concluiría, menos de un año después -el 9 de abril de 1977 – con la legalización del Partido Comunista, hecho capital para el éxito final del proceso de la Transición.
No creo que sea preciso señalar las divergencias ideológicas existentes entre el pensamiento de estos dos amigos, cuyo afecto se mantuvo intacto hasta el final de sus dilatadas vidas.
Sin embargo, esta anécdota muestra, una vez más, cómo las relaciones personales son un elemento, con frecuencia, determinante de la política, sobre todo, cuando se antepone la buena fe, el respeto mutuo y la búsqueda del bien común a rigideces poco inteligentes y prejuicios ideológicos.
Para quienes estábamos en esos años en nuestra primera juventud, muchos de estos hombres fueron un vivo ejemplo de altura de miras y patriotismo, cada uno desde sus distintas y legítimas posiciones, hombres que quisieron una España que afrontara el futuro con ilusión y liberada de sus viejos demonios.
Creo firmemente que las jóvenes generaciones no deberían olvidar ni menospreciar su magna obra de reconciliación y, desde luego, no deberían atender a engañosos cantos de sirena ni volver a dar progresivos pasos… hacia atrás. Ojalá el recuerdo de esta curiosa anécdota histórica pueda contribuir a ello.
Francisco RODRÍGUEZ MENÉNDEZ
Secretario del Ateneo Jovellanos



