Entrevista publicada por AZAHARA VILLACORTA en El Comercio:

«El Cesid pagó con dinero público los chantajes de Bárbara Rey»
JUAN FERNÁNDEZ-MIRANDA, PERIODISTA
El coautor de ‘El jefe de los espías’ presentará su libro el día 30 en el Ateneo Jovellanos de la mano del Aula de Cultura de EL COMERCIO

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Cuando Juan Fernández-Miranda (Madrid, 1979) recibió la llamada de los hijos del general Emilio Alonso Manglano -consejero del Rey y director del Cesid del 23-F a la caída del felipismo- para contarle que querían publicar los archivos de su padre y hacerle justicia como «padre de la inteligencia moderna», pensó «que aquello era como la carta a los Reyes Magos, el sueño de todo periodista: tener acceso a los papeles del jefe de la inteligencia de tu país». La bitácora de la persona mejor informada de España desde 1981 hasta 1995, con Leopoldo Calvo-Sotelo y Felipe González. Agendas, informes confidenciales, correspondencia… Más de doscientos kilos de documentos en los que Manglano -siempre metódico- llegó incluso a crear una nomenclatura propia: el Rey Juan Carlos era SM; los presidentes del Gobierno, PG. Así que Fernández-Miranda, abrumado, llamó a un colega y amigo de máxima confianza (Javier Chicote) y, tras escrutar aquella bomba de secretos y escándalos oculta durante años, el resultado es ‘El jefe de los espías’ (Roca Editorial), un libro que el próximo día 30 (19 horas) sus autores presentarán en el Ateneo Jovellanos de la mano del Aula de Cultura de EL COMERCIO.

-Estas 435 páginas contienen los entresijos de una etapa clave para consolidar la democracia en España.

-Sí. A mí me gusta, especialmente, la conversación que Manglano mantiene con el Rey en la que don Juan Carlos le confiesa cómo se financió la Transición. Y esa charla desvela también que el Rey empezó a crear un patrimonio personal ya en aquel momento.

-¿Qué descubrieron?

-Que el Rey saudí le dio a don Juan Carlos 36 millones de dólares para financiar la Transición. Estamos hablando de que había que afianzar las instituciones. De partidos, sindicatos, la propia Casa del Rey… Empezaba un país nuevo y hacía falta dinero para financiarlo. Creo que es una revelación positiva, porque desvela que don Juan Carlos hizo una apuesta muy sólida y realista sobre cómo llegar a la democracia en tiempo récord.

-El problema es que él también recibió su parte…

-Claro. En esa misma confesión, el Rey le cuenta a Manglano que él recibió cincuenta millones de dólares a título personal y a crédito cero. Ahí vemos que ya, desde el principio, tenía un interés por crear un patrimonio personal. Que eso que hoy está tan de actualidad tiene su origen en los años 70. Es una cuestión que ha marcado toda su vida.

-¿Qué falló para que hayamos llegado hasta Abu Dabi?

-Todo fue fruto de una época en la que los medios no decían nada, las instituciones no decían nada… Y de un hiperliderazgo, el de don Juan Carlos, que gozaba de muchísimo prestigio entre los españoles y en el mundo por ese modélico proceso de transición y por el 23-F, cuando le dijo a un jovencísimo príncipe Felipe: «Vas a ver cómo los políticos juegan con la Corona de tu padre como con un balón de fútbol». Y, al final, se le deja ir alejándose de sus funciones institucionales y va perdiendo pie. No encuentra a nadie que le diga nada sobre su forma de actuar.

-¿Nadie?

-Hay dos personas que sí se lo dicen. Una es Manglano. En el libro se cuenta que acude al Rey y le plantea sus dudas sobre cómo está ejerciendo la jefatura del Estado. Y otra es Sabino Fernández Campo, que se enfrenta a don Juan Carlos y acaba saliendo de la Casa del Rey. Lo que pasa es que la persona que tenía que haberle dicho algo, que tiene autoridad para decírselo, es el presidente del Gobierno. Y Felipe González nunca le dijo nada.

-Fernández Campo alertó de que tenía dinero en Suiza…

-Así es. En los 90, Fernández Campo ya dice que el Rey tenía 5.000 millones de pesetas en Suiza y Manglano lo anota. La cuestión de la gestión del dinero en torno al Rey acompaña a su círculo más cercano desde muy pronto. Eso propició algún enfrentamiento de don Juan Carlos con Sabino Fernández Campo y también mereció la atención del jefe de la inteligencia, que estaba pendiente de cualquier cuestión que pudiese erosionar al Estado. Y eso, evidentemente, podía ser un problema, como finalmente se ha demostrado.

-El libro también habla de otro de los talones de Aquiles del monarca: las mujeres. Me refiero a los capítulos sobre Bárbara Rey.

-Se cuenta cómo Manglano resuelve el chantaje que Bárbara Rey le hace a don Juan Carlos a raíz de un encuentro que mantienen en un restaurante donde él le toca un pecho. Allí, les hacen unas fotos y piden dinero por no publicarlas… Entonces, Manglano se dedica a intentar que ese asunto no trascienda a la opinión pública, así que el Cesid paga con dinero público el chantaje de Bárbara Rey.

-En realidad, no fue uno, porque, meses más tarde, aparecen tres vídeos grabados en su casa. El primero, en el comedor y otros dos en la cama. Revelaciones salidas de las cloacas del Estado que dice que duelen.

-Sí. Hay que tener en cuenta que este libro son las memorias del jefe de la inteligencia. Pero es que, si publicáramos las memorias del jefe de la inteligencia de cualquier país, saldrían cosas que se han hecho mal y descubriríamos que se ha ido demasiado lejos en muchas cuestiones. Pero tampoco conviene escandalizarse, porque los sistemas modernos funcionan así. Para eso están los servicios de inteligencia: para hacer las cosas que no se pueden hacer a la luz del sol.

-¿Que se lo pregunten a Margarita Robles?

-Robles fue secretaria de Estado de Interior con Belloch y una de las cuestiones que se desvelan en el libro -porque se las cuenta Antonio Asunción a Manglano- es que decidió mantener pagos de fondos reservados a la Casa del Rey. Pero no solo mantenerlos, sino pasarlos de talón a efectivo para no dejar rastro.

-Otro de los capítulos más dolorosos tiene que ver con la guerra sucia. Vamos a lo que ocurrió con Corcuera.

-Esa es otra conversación con Antonio Asunción, que acaba de dimitir como ministro porque se ha fugado Roldán. Asunción cuenta que, siendo Corcuera ministro en el 89, dio orden de enviar una carta bomba a un dirigente de HB. La carta se envía y cuando el cartero, que es un chaval de diecinueve años, va a meterla en el buzón, explota y el chaval muere. Si esto es cierto, estamos hablando de que la guerra sucia se prolonga casi hasta el año 90. Es un escándalo grave y un caso que nunca se ha investigado.

-¿Han logrado despejar la ‘X’ de los GAL?

-Las notas de Manglano desmontan la principal prueba periodística para considerar que Felipe González fuese la ‘X’ de los GAL. No quiere decir que no lo sea, pero no se le puede acusar porque en una nota Manglano anotó ‘Pte.’ y porque, según se interpretó periodísticamente, ese ‘Pte.’ quería decir ‘Presidente’. Pues bien: después de haber leído 200 kilos de notas de Manglano, nunca pone ‘Pte.’ para referirse al presidente del Gobierno. Siempre pone ‘PG’.

-Sabemos también que don Juan Carlos tuvo bastante buena relación con él, aunque más fricciones con Suárez de las que creíamos y que de Aznar pensaba que «era un chismoso».

-Sí. Aznar, cuando llega al poder, se pone al servicio del Rey. Dice que no dará ningún paso sin contárselo antes a Su Majestad, y Manglano lo sabe porque sigue teniendo mucha información. España era un país con un enorme nivel de corrupción y escándalos. Todo el chantaje que se hace contra el felipismo, el vídeo de Pedro Jota… Digamos que el felipismo se corrompe, pero también hay una gran operación para derrocarlo en la que están Mario Conde, periodistas, medios de comunicación… En ese momento, don Juan Carlos le cuenta cómo están las cosas y, en particular, le cuenta lo de Bárbara Rey, y Aznar se escandaliza. A partir de ahí, la relación que inicialmente era tan buena se estropea. Y, al final, el Rey dice que Aznar es un chismoso. Cuenta incluso que, cuando llegó a Moncloa, Ana Botella le preguntó a Felipe González por sus damas de honor. Y el Rey decía de aquello: «Qué poca clase».

-A González, en cambio, le preocupaban Solchaga y Boyer…

-Así es. Contamos la preocupación que había en la presidencia del Gobierno cuando Boyer decide abandonar su casa e irse con Isabel Preysler. Eso afectaba enormemente a la estabilidad del Ejecutivo, porque Felipe González tenía a su ministro de Economía un poco despistado. Y lo mismo ocurre cuando Manglano anota que «Solchaga bebe». No es una cuestión de meterse en la vida privada de Solchaga porque le diera a la botella, sino que el presidente estaba preocupado porque no estaba atendiendo adecuadamente a sus funciones como ministro. No contamos cotilleos. Solo hemos publicado lo que tiene interés público. Ese ha sido nuestro límite.

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